Esta mañana la mesa del salón parecía una pequeña explosión de hilos.
Ovillos en distintos tonos, la aguja de crochet que hace un momento estaba aquí y ahora misteriosamente no está, una libreta con ideas medio apuntadas y una taza de té que ya ha pasado a esa fase en la que uno duda si recalentarla o simplemente aceptar su destino.
En medio de ese pequeño caos doméstico estaba yo intentando terminar una pieza para mi tienda MPCrochet y pensando que, curiosamente, desde que he retomado con más intensidad la tarea en la tienda, mi cabeza está bastante más ordenada.
Lo cual puede parecer una contradicción, porque abrir una tienda artesanal o reorientar su estrategia -que es lo que me ocupa ahora- no es precisamente una actividad sencilla.

Hay que pensar en diseños, elegir colores, contar puntos, hacer fotos, escribir descripciones, aprender pequeños trucos tecnológicos que uno nunca imaginó que tendría que aprender… y, por supuesto, deshacer cuando algo no sale como esperaba.
Y aun así, hay algo en todo este proceso que tiene un efecto curioso: pone las ideas en fila.
El crochet tiene un ritmo muy particular.
Punto a punto, vuelta a vuelta.
No permite demasiadas prisas, pero tampoco admite mucha dispersión. Si uno se despista demasiado, los puntos empiezan a protestar y el patrón se convierte en un pequeño misterio matemático.
Así que, casi sin darme cuenta, mientras las manos repiten el gesto una y otra vez, la cabeza empieza a ordenar cosas.
Pensamientos que estaban dispersos encuentran su sitio.
Preocupaciones que parecían enormes se vuelven un poco más manejables.
Y algunas ideas nuevas aparecen entre un punto y el siguiente, como si hubieran estado esperando precisamente ese momento de calma.

Supongo que por eso muchas tardes acaban teniendo una estructura bastante simple: una pieza en proceso, un poco de silencio o con música inspiradora de fondo, algún pensamiento que se acomoda en su lugar y la sensación tranquila de que el día ha tenido un pequeño propósito.
Hay algo más que me gusta de esta actividad: el crochet tiene una filosofía muy práctica respecto a los errores. Si un punto no está bien, se deshace. No hay drama, ni discursos solemnes, ni análisis existenciales demasiado largos. Se vuelve atrás unas vueltas y se continúa.
A veces pienso que esa es una lección bastante útil para la vida en general.
Mientras escribo esto tengo sobre la mesa una de las piezas que terminé hace unos días para la tienda.

Si la miras de cerca verás que es sencilla, los puntos son tranquilos, bastante regulares, sin demasiadas pretensiones.
Me gusta pensar que en cada uno de ellos hay un poco de ese ritmo pausado que ahora forma parte de mis días.
Y la he tejido precisamente para que refleje esos momentos de calma que hacen hogar.
Quizá por eso mi pequeña tienda se ha convertido en algo más que un lugar donde viven mis creaciones.
Es también una forma de mantener la cabeza activa, las manos ocupadas y el corazón razonablemente en calma.
Y entre tanto ovillo y tanto punto, siguen apareciendo las otras pequeñas cosas que forman parte de este camino: alguna planta que insiste en crecer en la ventana, un libro abierto en la mesilla y las páginas de este blog que, poco a poco, vuelven a llenarse de palabras.
Supongo que, al final, cada uno encuentra su manera de ordenar el mundo.
La mía, últimamente, pasa bastante tiempo entre lana, té caliente y algún que otro punto que decide rebelarse justo cuando parecía que todo estaba perfectamente bajo control.
Escrito entre ovillos, té caliente y algunos puntos deshechos
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