Hay silencios que sólo se rompen con el vapor que asciende desde una taza caliente. Momentos en los que no hacen falta grandes preámbulos ni discursos ensayados, porque el aroma del té, con su paciencia tibia, allana el terreno para las palabras importantes. Son esas conversaciones que empiezan con una taza de té.
Muchas de mis conversaciones comienzan con un “¿te apetece un té?”. Porque la calidez de una taza entre las manos, ese gesto casi maternal, invita a bajar la guardia, a respirar más lento, a escuchar sin prisa.
Recuerdo con cariño tardes de otoño charlando de la vida entre sorbos de té de manzana y canela. O esas noches en las que, después de una jornada dura, una aromática infusión sabía a consuelo y el ánimo se iba calmando poco a poco.
También están esas tazas bebidas lentamente en el silencio del duelo, cuando no hay nadie a quien decir lo que necesitas decir, cuando parece que el corazón estalla en latidos sordos, pero el simple hecho de tener esa taza humeante y aromática entre las manos, basta para seguir adelante un poco más.

Con el tiempo, he llegado a pensar que ofrecer un té es también una forma de decir “te veo”, “me importas”, “te escucho”. Una forma sencilla y cotidiana de abrir un espacio seguro. No hace falta que la charla sea larga ni profunda; a veces, es simplemente dejar que los pensamientos se asomen mientras las hojas reposan en el agua.

También tengo grabadas en mi memoria esas tardes acogedoras compartiendo con una buena amiga una estupenda sesión de crochet, mientras saboreábamos una sabrosa infusión de frutas o una aromática mezcla de té rojo y chocolate.
Ahora, en esta etapa de mi vida, en la que los ritmos cambian y el tiempo adquiere otros matices, valoro más que nunca estos momentos compartidos. Y aunque muchas veces me preparo el té para mí sola, sigo sintiendo que hay una conversación que empieza conmigo misma, con el recuerdo de alguien, o con lo que la vida quiera traer ese día.
Quizá no se trata tanto del té, sino de lo que sucede alrededor de él. De cómo nos predispone a estar presentes, a bajar el tono, a mirar con más ternura.
Así que hoy te invito a prepararte una taza, sentarte donde te sientas a gusto y simplemente dejar que empiece la conversación.
Este post está dedicado especialmente a mi querida amiga Reme y a los ratos que pasamos tejiendo en compañía
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