Esos segundos en los que tu vida se rompe
No hay manera de prepararse para una pérdida repentina. No importa cuántos libros hayas leído, cuánta fortaleza creas tener, ni si la vida parecía estar “en orden” unos minutos antes.
Cuando sucede, cuando alguien que amas desaparece de forma inesperada, algo en ti se rompe de un modo imposible de explicar y en ese momento el mundo se detiene de golpe.
Las primeras horas… son niebla.
Recuerdo el temblor en las manos, la forma en que el aire cambió de temperatura en esa habitación donde, segundos antes, yo vivía mi día como cualquier otro.
Y de pronto, ya no.

La mente tarda en aceptar lo inaceptable. Todo en mí se resistía. Caminé en círculos, preguntaba lo mismo con insistencia, me senté agotada esperando que alguien me dijera que no, que se habían equivocado, que no podía ser. Pero era.
El tiempo perdió sus reglas. Me costaba hablar. Me costaba incluso pensar, mi mente estaba en blanco. Actuaba por reflejo, sin sentir del todo, como anestesiada. Como si mi cuerpo siguiera el guión de una vida que ya no entendía. No podía llorar. No podía pensar. Sólo estaba… suspendida.
Los días siguientes se parecían entre sí, como si fueran el mismo día en repetición. Me despertaba y durante unos segundos creía que todo seguía igual. Pero luego llegaba el recuerdo, y el peso. Una vez tras otra.
Mi mente repetía escenas: la última mirada, una frase inacabada, el momento exacto en que todo cambió. Y aunque intentara esquivarlas, volvían, como oleajes de una marea impredecible. Y aún siguen volviendo sin previo aviso.
Tenía la sensación de que estaba viviendo la vida de otra persona. Me costaba concentrarme. No podía leer. No podía escribir, casi ni pensar.
El mundo seguía, pero yo no estaba del todo en él. Me sentía desubicada, como si el lugar donde me encontraba ya no fuera mi casa, mi rutina, ni mi historia.

Momentos de rabia, lágrimas, ansiedad, tristeza… seguidos de otros más tranquilos, más bien planos…
Todo ello convertido en una montaña rusa emocional de la que aún ahora en ocasiones me resulta difícil apearme.
En algún momento aparece una pequeña luz
Y sin embargo, poco a poco, algo comenzó a moverse. Vas dándote cuenta de que no hay milagros y, desde luego, no hay vuelta atrás.
Y hay pequeños gestos que se convierten en faros que, aún lejanos, ayudan: una taza de té que calma, una conversación con alguien que simplemente escucha, una hoja en blanco que se deja escribir. Una planta que sigue viva en la ventana.

He querido compartir esto y todo lo que voy volcando en este blog porque creo que tal vez haya alguien que en el momento en que lo lea esté necesitando que alguien le recuerde que lo que le está ocurriendo no es extraño, que su proceso es normal, que tiene todo el derecho a dejarse sentir como se está sintiendo.
Si todo te parece bruma, si apenas puedes recordar lo que hiciste ayer, si tu cuerpo no responde como antes… es el shock hablando. Es tu sistema intentando protegerte.
Y con el tiempo, aunque sin prisa ni forma exacta, la vida comienza a darte pequeños respiros. La niebla no desaparece de golpe, pero en algún momento, entre tantas sombras, aparece una pequeña luz. Una luz tenue, pero suficiente para animarte a dar el primer paso.
Los recuerdos son el legado más hermoso que nos deja quien amamos
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