Del desconcierto al primer suspiro lúcido
Hay días en los que el alma se cubre de niebla. No es que duela un punto concreto, es que todo se siente lejano, confuso, fuera de foco. Son días de niebla y de hielo, en los que la vida sigue pero tú no sabes cómo moverte entre sus senderos.
Días en que lo cotidiano se convierte en un rompecabezas casi de difícil solución: vestirse, salir, hablar… Todo parece estar en un idioma que ya no entiendes.
Ése es el vacío emocional del duelo
No siempre se llena con lágrimas, a veces es silencio seco. Otras, una bruma espesa que entumece. ¿Dónde estoy? ¿Cómo sigo? ¿Qué se supone que debo sentir?
Yo no tengo respuestas mágicas, pero quiero compartir uno de esos momentos…
Uno de esos días en los que no podía casi pensar, en que todo era gris, me senté frente a una taza de té casi sin darme cuenta. No me apetecía, ni lo necesitaba… o eso creía. Pero el calor entre las manos fue un pequeño ancla. Un “estás aquí, sigues aquí”. Un “respira”. Y respiré.

A veces el primer paso no es entender, sino sostenerte. Sostener el cuerpo, los gestos más simples, los hilos de rutina que no abrigan, pero al menos no dejan que nos despeñemos.
Poco a poco, sin forzarlo, llega un segundo respiro. Y otro…
Hasta que un día, por mínimo que sea, comienzas a percibir de nuevo lo que te rodea: una planta que sobrevive en la ventana, una manta que abriga con una textura suave y cálida, una llamada que no duele tanto…
No es que el hielo desaparezca de golpe, pero ya no te congela por completo.
Este post no pretende decirte cómo salir de la niebla, sino reconocer que existe. Que es válida. Que a veces el único logro del día es haber respirado conscientemente y que eso, en sí mismo, ya es una forma de volver.
¿Has tenido días de niebla tú también?
¿Qué cosas pequeñas te han ayudado a mantenerte en pie?
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