Nunca pensé que una planta pudiera enseñarme tanto

Hay días en los que una maceta en la ventana me sostiene más que mil palabras. Cuidar mis plantas no es sólo regarlas ni podarlas: es escuchar en silencio, observar despacio, esperar sin urgencia. Es confiar en que algo verde va a brotar incluso cuando el suelo parece ya estéril.

Ahí están, en silencio, creciendo a su ritmo, ajenas a mis prisas, a mis pensamientos que entran en bucle, a mis duelos y mis días grises. Están, simplemente, siendo. Y observándolas, cuidándolas, de vez en cuando me doy cuenta de que algo dentro de mí también empieza a echar raíces nuevas.

Las plantas siempre han estado en mi vida. A mi madre le gustaba tener la casa llena de plantas y recuerdo que en muchas ocasiones, cuando ya iba siendo mayor y más responsable, me desesperaba mucho cuando tenía que cuidarlas, porque siempre encontraba «algo mejor que hacer».

Pero cuando yo tuve mi propia casa, poco a poco comencé a tener plantas, sobre todo en la terraza, llenas de color. Dentro de casa había poco sitio para ellas.

Pero ahora, después de sufrir una dolorosa pérdida que ha cambiado por completo mi vida, poco a poco he ido llenando el interior de la casa de plantas.

Uno de mis paseos favoritos es ir a un vivero y cada vez que lo hago no puedo evitar la tentación de traer una planta, aunque sea pequeña.

La paciencia verde

Y sin darme cuenta, las plantas me han enseñado a esperar con calma, a entender que lo que hoy parece tierra seca, mañana puede mostrar un brote diminuto, apenas perceptible, pero lleno de vida. Que no todo lo que es lento, como el duelo, está estancado, que hay procesos que no se ven, pero que transforman por dentro.

Me han enseñado a observar con ternura, a tocar con cuidado, a no forzar nada, a dejar que las cosas fluyan. A confiar en los ciclos: el descanso, el crecimiento, la caída de hojas, el volver a brotar. Lo que para mí a veces se siente como un final, para ellas es solo otra estación.

Cuidarlas me ha devuelto cierta constancia

La rutina de regar, de limpiar sus hojas, de moverlas buscando la mejor luz, me ancla. Y en ese cuidado, también sin darme cuenta, me cuido a mí misma. Porque para que una planta viva, alguien tiene que acordarse de ella. Y al hacerlo, yo me recuerdo a mí misma.

No todas han sobrevivido. Algunas se han ido marchitando en silencios que no supe escuchar. Pero incluso eso me ha enseñado algo: que la vida es delicada, que no siempre podemos controlar lo que se va, pero sí aprender de ello sin culpas.

La paciencia verde es una forma de estar, de abrazar lo lento, lo callado, lo que no necesita palabras. En este rincón lleno de hojas, hay algo parecido a la paz.

Y eso, en días como éstos, lo es todo.

Puedes ver más sobre este tema en la sección «Plantas que cuidan»


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