Regálate momentos de calma
Si ya estás disfrutando tu jubilación, lo haces en soledad y empiezas a hablar con la tostadora más de lo recomendable, este post -que además incluye mi humilde decálogo para la calma- es para ti.
¿Quién dijo que estar solo es sinónimo de tristeza o abandono? Vivir en soledad puede ser una de las mayores declaraciones de independencia y autocuidado.
¿Tienes la casa en silencio? ¡Bendito sea ese silencio! Es la banda sonora perfecta para conectar contigo.
Durante años -¡décadas, tal vez!-, el ritmo frenético y las responsabilidades ajenas nos han dejado poco espacio para nosotros mismos.
Pero ahora es diferente. Ahora puedes parar, respirar y pensar: ¿Qué me apetece hacer hoy que me haga bien?
Escribir, leer sin reloj, probar una receta nueva solo porque sí, empezar ese cuaderno que tenías guardado, hablarle a tus plantas (ellas no juzgan), pintar con acuarelas, dar un paseo sin rumbo, saborear poco a poco un café o un té…

Cosas pequeñas que se convierten en rituales personales de bienestar.
Y si te apetece no hacer nada, eso también es actividad. Nada de culpas. Estar solo no significa estar en falta: significa estar disponible para ti.
La calma no es una moda, es un regalo que puedes darte cuando quieras. La buena noticia es que no necesitas nadie más para envolvértelo.
El arte de estar bien contigo misma/o
Porque sí, estar sola/o tiene su encanto. Nadie te roba el mando de la tele. Puedes cenar a las seis… o a las diez… sin explicaciones. Puedes estar en bata todo el día y nadie te mira raro. Y otras pequeñas cosas…
Pero a veces, entre tanto silencio, aparece un ruido más peligroso: el de tus propios pensamientos.
Y es ahí donde entra la calma, esa cosa que todo el mundo recomienda pero nadie explica bien. ¿Es meditar? ¿Dormirse viendo documentales? ¿Cantarle a las plantas? …
La calma no tiene una receta universal, pero sí hay pequeños trucos que ayudan a encontrarla. Y no, no implican forzosamente posturas complicadas o acciones complejas.
Mi repertorio de ideas para crear momentos de calma

Aquí va una especie de decálogo casero, libre de propuestas complicadas, para ayudarte a crear momentos de calma reales, cercanos, tuyos.
Bueno, más que decálogo es una lista de ideas, que incluye algo más que diez propuestas. Escoge las que más cuadren contigo…
- Empieza por el silencio. Apaga la tele. Y el móvil. Y el mundo.
Unos minutos sin tele, sin notificaciones, sin conversación. Sólo tú. Es más poderoso de lo que parece. No pasa nada por estar sin ruido 20 minutos o incluso más… o mucho más… Si algo importante ocurre, ya te enterarás.
- Crea un rincón tuyo
No hace falta tener una sala de yoga: con una silla cómoda, una planta y una taza de té basta. Ese rincón será tu refugio.
- Haz las paces con el sofá
Pero no para perderte en él, sino para usarlo como tu trono de calma. Siéntate, respira y mira por la ventana sin esperar nada. Eso también es meditación y nadie te lo había contado.
- Elige un gesto ritual
Encender una vela, poner música suave, cuidar tus manos con una crema… Lo que sea que marque un inicio de «tiempo para mí».
- Tómate un café o un té como si fuera un ritual japonés
Prepara tu taza favorita, siéntate, no hagas nada más. Cada sorbo, un pequeño brindis contigo mismo.
- Camina sin rumbo (ni podcasts, ni noticias, ni drama).
Caminar sin reloj ni GPS. Observar el cielo, los árboles o lo que encuentres a tu paso. Salir a andar es gratis y más terapéutico que ver cómo discuten unos tertulianos en la tele. Y si hay sol, te llevas vitamina D de regalo.
- Abraza la lentitud
Haz algo deliberadamente lento: pelar una mandarina, tejer, regar tus plantas una por una, garabatear… Un acto sencillo puede ser casi meditativo.
- Date permiso para no hacer nada
Sí, NADA. No leer, no ordenar papeles, no revisar el gas. Sólo estar. ¿Te suena raro? Prueba y luego me cuentas.
- Agradece lo pequeño
Una flor que brota, el primer sorbo de café, la manta suave. Nombrar lo bueno calma más que quejarse de lo malo.
- Vuelve a escuchar tu música favorita. Con los ojos cerrados.
No de fondo. No mientras friegas. Solo tú y la música. ¿Recuerdas cómo suena el silencio entre dos notas? Concéntrate en los acordes, los giros, cómo evoluciona el sonido y deja que invada tu mente sin pensar en más.
- Escribe sin filtros
Una libreta, un bolígrafo y cero expectativas. Volcar pensamientos ayuda a despejar el ruido interior.
- Ordena un rincón. Sólo uno.
No la casa entera. Sólo un cajón, una estantería. Calma es también tener al menos un lugar en paz.
- Acepta el desorden mental (y físico)
No todos los días son zen. A veces el caos también es parte de la calma, si no le das pelea.
- Deja que tu creatividad se escape. Haz algo con las manos.
Pinta, cocina, teje, riega, arregla algo, haz un collage… Las manos ocupadas tranquilizan la cabeza. No importa el resultado: importa el proceso.
- Dile «no» a lo que te estresa (aunque sea ese grupo de WhatsApp)
Si no te suma, no hace falta responder. Puedes salir del grupo. En serio. Nadie muere por eso.
- Sé amable contigo
Hablarte como hablarías a una amiga que quieres mucho. Y repetirlo. Porque lo mereces.
- Respira profundo tres veces antes de dormir.
No cura el insomnio, pero lo acaricia un poco. Y te recuerda que estás aquí. Viviendo… Con tranquilidad…
Y ahora un mini decálogo para tenerlo siempre cerca:
Y después de todas estas ideas te propongo un resumen para que lo tengas a mano.
Lo puedes descargar para imprimir pulsando sobre la imagen.

Y ya sabes…
La calma no es aislamiento, aburrimiento ni resignación. Es elegir no vivir corriendo detrás de todo. Y si algo nos enseña la jubilación es que ya corrimos bastante.
Ahora es tiempo de bajar el volumen, no las ganas.
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